
Recuerdo, las tardes en el parque cuando llevabas a todas partes esa pila de libros que leías. Me enseñabas las xilografías, y te enorgullecías de que fuesen tuyas. Aquellas tardes de verano en las que sacabas tu walkman de la mochila verde y te empeñabas en mostrarme tus dibujos mientras me hacías escuchar por imagen el tema con el que te “habías inspirado”. Y me acuerdo que me decías nena cada vez que querías hablarme. Me decías también, que algún día, todos esos dibujos, estarían en las versiones ilustradas de los títulos más importantes del planeta. Y yo te creí. Te creí como una niña cree que dios está en todas partes. Y me hablaron de tus libros obscenos, del daño que me hiciste, de lo poco correctos que fueron esas situaciones. Yo, aun recuerdo aquellos esbozos. Un hombre y una mujer, se amaban a pesar del tiempo.

1 Notas atómicas:
Y yo los veo desde el otro lado del escaparate, en mi memoria de corcho, donde cada mañana, Alice, pespunta el vestido en mi cuerpo. Mi piel de plástico es tan suave que resbalan todos los tejidos. ¿Fue por eso que tu piel se despegó, para siempre, de la mía y yo me convertí en un maniquí de firma francesa y apellido burgués compuesto, entrando en un mundo donde lo más importante es que no se mueva la peluca roja cuando suena la canción que acerca a los horrores amados? El último regalo que me hiciste fue un collar de moscas que aún conservo para devolverte. Multiplicado por mil. He de rezar mis oraciones.
Con los ojos siempre abiertos.
d.
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